EDITORIAL
Acabo de volver de Rikhia (India), del Rajsuya yajña que tiene lugar cada año en diciembre. Éste ha sido el decimoprimer año, y el próximo será el decimosegundo y último. Con él, el sankalpa* de Swami Satyananda habrá terminado.
Seguramente se preguntarán qué es el Rajsuya yajña. Pues bien, en la antigüedad, en la India de la era védica, sólo los reyes conquistadores tenían derecho a ofrecer estas ceremonias. Antes de anunciarlas tenían que proclamar sus conquistas, y si sus logros eran notables tenían derecho a invitar a todo el país, e incluso a los reyes vencidos, para hacer un gesto de generosidad compartiendo sus riquezas con los demás.
Era el momento de dar, dar con todo esplendor a aquellos que se acercaban. El rey ofrecía regalos materiales, y el yajña consistía en una ceremonia del fuego sagrado que apelaba a los dioses y las diosas, que acudían también como respuesta a esa invitación. Ellos concedían a todos los presentes sus deseos y anhelos más profundos, pues todo lo que el corazón anhela, lo consigue. Por eso, siempre hay que tener cuidado con lo que se pide… La magia del yajña y la compañía de los maestros que lo presiden dan a entender que sólo hay que pedir el más alto bien.
Tal vez se preguntarán por qué lo celebra Swami Satyananda si era exclusivo de reyes conquistadores. Pues porque él también proclama su conquista. «Soy conquistador, pero no de tierras, sino de corazones», dice con una sonrisa infantil, «he izado la bandera del yoga en los cuatro puntos cardinales». Su declaración es firme, inocente y carente de arrogancia. Es una declaración sencilla, casi como cuando volvemos del trabajo por la tarde y decimos a los que están en casa: «ya estoy aquí».
Como decía, la verdadera razón de ser del yajña es el perfeccionamiento de la generosidad. La ceremonia en sí consiste en el canto de mantras alrededor de un fuego sagrado que se alimenta con sustancias naturales y hierbas. Es muy purificadora, pues proporciona a la atmósfera todo lo que le quitamos, la depura; pero no sólo en los alrededores, sino que, hecho a tan gran escala como en Rikhia, la purificación se extiende hasta donde llega la imaginación. Es una purificación que prepara el terreno para acoger a los dioses.
Todos los invitados y los habitantes de la zona, miles y miles de personas, reciben regalos, pero no cualquier regalo; en el ashram se hacen largas investigaciones durante todo el año y a la gente de los pueblos de los alrededores se les entrega lo que más necesitan. Las listas son largas, interminables: mantas, ganado, semillas, cereales, clases de inglés (porque suena bien, dicen los niños), ropa para las jovencitas que no tienen algo bonito para casarse, y un largo etcétera. Lo que les mueve es la compasión, el hecho de dar, pero no sólo dar sino de dar lo perfecto, lo que cada uno necesita, lo que cada uno anhela. Pruébenlo el año que viene, vamos a organizar un viaje para quienes deseen asistir, tal vez también logren su anhelo más secreto…
Si en el dar se busca al dador y en lo observado al observador, ¿quién da y quién recibe? Es el Ser que da de sí al Ser eternamente. Hay un dar continuo, que se ve en la sombra de los árboles, en la luz del sol, en el fluir del río y en la sonrisa de los amados… Porque dar es el dharma del Universo. °

..Ajanta
Suri
|